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Los artistas de la costura creen que la profesión se está extinguiendo. Los jóvenes no quieren aprender. 

En algunos puntos de la calle Bolívar, de Portoviejo, el sonido de las máquinas de coser se asemeja al zumbido de un enjambre de abejas.

Desde locales que se levantan en esa arteria, Raúl Delgado, Roberto Giler y Ángel Parreño refrescan la historia de la época de apogeo del sastre artesanal y lo que ha sido su experiencia en un oficio que ellos aprendieron de la ‘vieja escuela’ y que practican desde que eran adolescentes.

Raúl Delgado, de 73 años, lleva como sastre 60. Debajo de un altillo construido en madera está la mesa en donde corta las prendas de vestir; reposan la regla, la tiza, la cinta métrica y las tijeras, mientras en el fondo suena un bolero. A pocos pasos está la herramienta con la que cose.

Cuando tenía 13 años entró al oficio (1957) se lo enseñó José Molina (†). En ese tiempo se aprendía de una forma distinta. “Era con un dedal. Asimilé rápido y al mes ya era uno más de los operarios de Molina”. Antes se usaba la máquina Singer (a pedal) que era la que dominaba el mercado.

“Yo lo que más hacía era pantalones, no me gustaban las levas”, cuenta. Eran años en los que el ‘veterano’ se hacía pantalones con ojal, mientras que el joven se ponía de cierre. La mejor época del año eran las fiestas de la Merced (la tercera semana de septiembre); en ese mes el sastre no se daba abasto con tantos clientes, situación que no se compara con la actual. “En ese tiempo el sastre era un personaje, el que me enseñó esto fue concejal del cantón”, recuerda Delgado.

Desde hace 20 años es dueño de una sastrería y gerente propietario de Confecciones Remvis, negocio que elabora uniformes para instituciones públicas y privadas, colegios y escuelas.

Muestra un dedal que guarda y asegura que “si uno manda a buscar uno, no lo encuentra en ningún lado. Todo ahora es moderno”.

Corta, toma las medidas y manda a hacer las prendas a sus operarios. La confección de un pantalón en su local cuesta $ 18. Los que solicitan la mano de obra de sastres son, por lo regular, personas de contextura gruesa. Delgado, quien es ya está jubilado, asume este oficio como un pasatiempo, que no puede dejar de realizar todos los días.

A la vuelta a su local está Confecciones Giler, de Roberto Giler, de 65 años. Su maestro fue Mario Durán (†) hace ya más 40 años, en su natal Santa Ana. “En ese tiempo, en el cantón la población mandaba a coser la ropa, ahora la industria ha ganado la delantera, ha despojado la mano de obra”.

En Portoviejo labora hace 20 años, desde que su tía Juana Giler (†) lo trajo a trabajar a su taller. Tuvo que empezar a hacer clientela, situación que no se le hizo difícil, porque buscaban bastante el servicio de sastres. “Yo tenía 2 ayudantes, ahora estoy solo. La situación es crítica, me mantengo para ver si mejora”, se lamenta. Tiene una tienda de abarrotes para ayudarse. Elabora solo pantalones ($ 15 la confección) y su esposa, Jesús Mendoza, se encarga de las camisas.

“Con el tiempo este oficio de sastre artesanal va a quedar para hacer bastas y arreglos, porque un pantalón por ahí vale $ 12 y uno no puede hacerlo más barato”. Resalta que en sus manos como en las de sus colegas está la calidad que no todos valoran. “Creo que el oficio se va a extinguir”. La portovejense Bertha Vélez explica que ella busca a los sastres para que confeccionen sus pantalones, porque los cortes son mucho mejores que los prefabricados.

A una cuadra de Giler está el local de Ángel Parreño, quien comenzó la labor de sastre con el ‘maestro Mendoza’. Precisa que la fábrica no reemplaza las manos, porque el trabajo a mano es algo artesanal, que se ve más bonito. “Sigo trabajando a mano”, destaca el hombre, dedicado ahora a hacer más camisas de la marca Rocsi, que es su segundo nombre. Al igual que Giler y Delgado, comenzó como operario, luego pasó a hacer zapatos en Guayaquil hasta que se fue a Venezuela donde ejerció el oficio de sastre por 39 años. “Allá me perfeccioné”. Indica que es uno de los pocos sastres de Portoviejo porque la mayoría trabaja tipo fábrica.

Ángel llegó a la capital manabita hace tres años. Trabaja con su hermano Arturo. En una vitrina exhibe 80 camisas desde la talla 2 hasta la XXL, cuyos precios van desde $ 15 a $ 25. De su profesión refiere que los jóvenes no quieren aprender. “No hay quién aprenda… esto se va muriendo”.s muy probable que en su casa, la de su mamá, una tía o algún familiar haya una máq

El Telégrafo 28 Ene 2017 - 00:00
Por: Vivian Zambrano Macías.

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Los sastres de la "vieja escuela"

se aferran al arte